“No lo cojas, que se acostumbra”

Lautaro 3
Lautaro 3

Ilustración: Paloma Corredor

Ayer estaba en la piscina con mi hija cuando llegaron dos chicas y un chico veinteañeros con un niño de unos dos años. El peque lloraba aterrado y temblaba cada vez más a medida que se acercaba al agua. “¡Mira la nena cómo llora!”, dijo una de las chicas. “¡Jo macho, pareces un niño pequeño!”, soltó el tipo. Quiero pensar que no eran sus padres sino su canguro de verano y unos amigos.

Media hora después, el niño estaba bañándose tan contento. Él solito se calmó y superó su miedo. ¿Era necesario hacerle sufrir?

Antes de tener hijos no me habría fijado en esta escena o, sinceramente, me habría molestado el llanto del pequeño que venía a perturbar mi paz (porque antes de tener hijos yo habría estado sentada en mi toalla leyendo un libro plácidamente). Ahora tengo que contenerme para no saltar… contra los padres-cuidadores-o-lo-que-fueran. También antes me entretenía ver Supernanny y me parecía una señora con unos métodos muy eficaces para hacer obedecer a los niños. Sabía del método Estivill para hacer dormir a los bebés y no me parecía especialmente mal. Yo quería ser madre, pero una parte importante de mí veía la maternidad como una esclavitud, una pérdida de libertad y una lucha permanente contra unos enanos insaciables.

Después me fui dando cuenta de que no tenía por qué ser así, pero ese era el concepto que tenía interiorizado. Yo y tanta, tantísima gente.

Los niños como pequeños tiranos, seres caprichosos y malvados a los que es necesario doblegar para que “sean buenos” y obedezcan a los adultos. Esos adultos a los que les encanta decir cosas como “No lo cojas que se acostumbra”, “Te está tomando el pelo”, “¿Tan mayor y todavía toma teta?”. Esos desconocidos que miran a tu hija y te preguntan”¿Es buena?”

El mensaje está claro: para que te quieras, tienes que obedecer. Y casi todos los días en el parque escucho un “Te voy a dar en el culo”.

Pero cuando me quedé embarazada descubrí para mi inmenso alivio que no tenía por qué ser así. Que existen otra manera de hacer las cosas, otras madres y padres que se sienten tan incómodos como yo con esa manera de criar y que han inventado otra. O la han rescatado, según se mire.

Lo llaman crianza con apego, respetuosa, consciente. Etiquetas un poco rimbombantes que no creo necesarias, pero me gusta la filosofía. Dormir con ellos, cogerlos en brazos porque necesitan nuestro calor, permitirles evolucionar a su manera, dejarlos ser, como lo que son. Pequeñas personas que están en este mundo para mucho más que obedecernos sin rechistar.

Y tú, ¿cómo lo llamas?

Summertime

Summertime

Lo confieso: cuando empecé a enseñarle los nombres de las partes del cuerpo a mi hija, sentí ESA incomodidad al llegar a lo que está más abajo del ombligo.

La misma que sintió mi madre el día que íbamos de casa al cole y le pregunté: “¿Mamá, cómo se hacen los niños?” Unos segundos de silencio sepulcral después, ella dijo algo como “¡Uy, tengo una piedra en el zapato, me molesta un montón!” No insistí, aunque me reí un poco por dentro. ¡La pobre! Yo ya sabía la respuesta. Lo que quería ver era cómo reaccionaba ella.

Mi mejor amiga me había revelado el secreto en el recreo. Fue cuando yo le dije que en el periódico salía una niña africana de 9 años que había sido mamá, y que mis padres decían que eso era porque estaba loca. “No está loca. Lo que pasa es que han hecho el amor. Las mujeres tienen la regla y los hombres tienen la leche, que les sale por el pito y la echan dentro de la mujer y se hace el bebé”.

Eso fue un curso después de que la monja nos explicaran la reproducción humana en 5º de EGB entre risas nerviosas y bromitas. Como cuando una de mis compañeras preguntó algo sobre los órganos masculinos y la mujer respondió “Pregúntaselo a Paloma, que tiene tres hermanos”. Y tan ancha se quedó.

En fin, la vergüenza y la incomodidad de tantos años de represión que se extendió como un manto negro hasta mi generación, y que hace que a todas las partes del cuerpo se las llamara por su nombre menos a ESAS.

Mi madre la llamaba “la flor”. A mí me parecía tonto y cursi. Ahora, con el tiempo, lo encuentro bonito. Pero no quiero que mi hija crezca llamando a una parte de su cuerpo por un mote. Ni siquiera usando una linda metáfora. Así que, aunque me ha costado lo mío decirlo sin que me salga un tono de voz extraño, ahora cuando repasamos las partes del cuerpo le explico que ESA se llama “vulva”. Y le he recordado a su padre que no se llama “sus partes” ni “ahí abajo”.

Y al fin, los dos lo nombramos con bastante naturalidad. Pero lo mejor es oírla a ella cuando dice “vulva” con su lengua de trapo y su bendita inocencia.

Mi niña no lleva pendientes

pelota

Con pelotas y a lo loco

No sé la de veces que mantuve el siguiente diálogo cuando estaba en la calle con mi hija antes de cumplir su primer año (y de que le salieran algunos ricitos)

-¡Qué guapa!

-Muchas gracias. Es una niña.

-¡Ah! Como no lleva pendientes…

Pues no. Mi niña no lleva pendientes. Y la visto mucho de azul. Porque es mi color favorito y porque resalta aún más sus ojos del color del mar al atardecer. Y no usa chupete. Ni durmió en el carrito durante muchos meses. Ah, y no come papillas ni chuches.

Pero yo no doy explicaciones sobre nada de eso. Porque si me justificara tendría que perder mucho tiempo y energía en responder a toda esa gente que surge de la nada para darme su opinión no solicitada sobre cómo debo cuidar a mi hija.

La cosa se ha calmado con el paso de los meses, pero al principio era aproximadamente así:

  • “Pobrecita, tiene hambre/sueño”. Solíamos escucharlo cuando tratábamos de dar un paseo en su odiado carrito después de una siesta en casa de dos o tres horas amorrada a la teta.
  • “¿No va a la guarde?” Típica pregunta que suele caer (todavía) en los recados durante las mañanas vacías de niños.
  • “Qué dolor de espalda tenéis que tener”. Esto es porque la porteamos en mochila hasta casi los 11 meses.
  • “Abrígala, que hace frío”. Me lo han soltado muchas abuelas, pero la que me dejó perpleja del todo fue una desconocida que me salió al paso a la salida del Carrefour como si le fuera la vida en ello (o mi hija fuera desnuda).
  • “¿Por qué la meces?” Exigió saber una desconocida en la consulta del podólogo mientras yo dormía a mi niña, casi recién nacida, en brazos.

En fin, el repertorio no está mal. Y eso que yo me libré de las visitas postparto.

Supongo que los opinólogos no se han parado a pensar hasta qué punto pueden molestar a una mamá reciente. A mí, si me pillaban de buen humor me hacían reír (aunque era un reír por no llorar), pero si estaba sensible por la montaña rusa hormonal del postparto o cansada porque había dormido a trompicones, los comentarios me enfadaban y me herían.

Especialmente, durante los primeros meses de vida de mi hija. A pesar de darle mimos, brazos y pecho a demanda día tras día, ella lloraba a menudo y yo me sentía insegura, frustrada y a veces desesperada. Todo cambió cuando le detectaron un frenillo que no se apreciaba a simple vista y la operaron a los cinco meses.

Por fortuna, todos esos comentarios y críticas gratuitas me llevaron a hacer oídos sordos a lo de fuera y aprender a escuchar mi instinto. A encontrar nuestra manera. La mía, la de su padre y la de nuestra hija. Las únicas que importaban. Incluso en esas noches en las que no me desvelaban los despertares de mi bebé, sino las dudas que giraban como un torbellino en mi cabeza cuando ya no eran los desconocidos, sino familiares muy cercanos, quienes cuestionaban mi manera de criar (“¿Cuándo le vas a das biberón?”, “Lo que necesita es un chupete”).

Ahora que mi niña es un poco mayorcita, resulta que lo que sucede es otra cosa. He descubierto que cuando el bebé crece un poquito y se ve lustroso, duerme como un angelito o come cual cachorro hambriento… ¿Sabes lo que te dirán por ahí? “Cuánta suerte has tenido” o “Qué buena te ha salido”.

 

Soy una mamá que “no trabaja”

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Mano a mano frente a la pantalla

Ahora que leo blogs de maternidad y crianza, asisto entre interesada, curiosa e indignada (depende del momento y del blog) al intenso debate entre lo que podríamos llamar las mamás feministas de los años 80 y las que ahora preferimos dedicar mucho tiempo a criar a nuestros hijos que salir a trabajar mucho tiempo en una empresa.

Cuando yo era pequeña (en los 80) y nuestras madres se quedaban en casa, en el colegio nos hacían escribir “Sus labores” en la casilla de “Profesión de la madre”. Por supuesto que yo no quería dedicarme a “eso” cuando fuera mayor. Ni me gustaba coser ni quería ser ama de casa. Qué horror, qué aburrimiento, qué banalidad. Por supuesto que no percibía cada pequeño, continuo, generoso, incansable esfuerzo de mi madre durante los 28 años que viví en su casa.

Y luego, poco a poco, empecé a comprender. Ay, si a las madres les pagaran un sueldo por su trabajo. Ay, si se reconociera lo que hacen como una de las labores más valiosas a las que se puede dedicar un ser humano. Pero en este mundo masculino lo más importante es producir, correr y quemar etapas, y que el bebé cague en el orinal, duerma solo y deje de dar la lata lo antes posible. Pasar uno, dos o tres años al lado de tu hijo se considera una esclavitud y una pérdida de tiempo.

Pues yo sigo con mi hija en casa, que tiene 16 meses. O sigue ella conmigo, porque yo trabajo en casa, con mi ordenador y más o menos a mi aire. Claro que quiero retomar mis proyectos creativos, volver a salir con amigas, tirarme en el sofá a leer un libro. Y hay días durísimos, largos, aburridos, en los que quisiera cerrar los ojos y dormir 12 horas seguidas, y ponerme a leer una revista al despertar. Pero es mi elección. Porque puedo y porque quiero.

Sí, prefiero estar en casa con mi niña que dejándome la piel en una oficina por mil euros sin saber si me van a despedir mañana. Prefiero dedicarme a la maravilla de criarla, educarla, enseñarle lo que sé, aprender de ella y descubrir el mundo a su lado que hacer carrera en una empresa a cambio de dinero y reconocimiento, perdiendo mi alma en el camino (si es que sigue existiendo esa posibilidad, por otra parte). Aunque entiendo a las mujeres que en los 80 preferían salir a trabajar a quedarse en el parque cada tarde con sus hijos, porque creo que trabajar y ser independiente económicamente es importantísimo, resulta que muchas de nosotras no encontramos la felicidad en eso de “hacer carrera” a la manera tradicional.

Y ojalá pudiera alargar todo lo posible el momento en que mi niña también tenga que entrar en la rueda de los horarios, las normas y el sistema. Pero no voy a poder demasiado, porque lo que estoy haciendo ni se paga ni se valora. Más bien, veo que los políticos van por el camino de ampliar el horario de las guarderías (¿por qué no abren por la noche, ya total?) para que las madres puedan volver cuanto antes a “trabajar”. Parece que siguen sin enterarse de que cada vez somos más las que queremos decidir si volvemos a la oficina, si emprendemos por nuestra cuenta, si nos quedamos en casa o si elegimos un poco de todo. Y que nos den facilidades para montar un negocio o tener un horario flexible. Estar con nuestros hijos durante su primer, segundo o tercer año de vida y que nos paguen por ello. A mí no me parece una esclavitud ni una condena, sino un pedazo irrepetible de mi vida que no me quiero perder. Intenso, agotador, hermoso. Parece eterno, pero pasa en un suspiro.

Hay un libro sobre crianza que me gusta mucho. Se llama Lo que hacen las madres y la misma autora, Naomi Stadlen, resume su contenido en unas preciosas palabras al final. Esto es lo que hacen las madres cuando parece que no hacen nada:

“Veo a una madre con aspecto agotado, pálida y ojerosa, que milagrosamente tiene energía para cantar y acunar a su bebé de un modo que el bebé empieza a reconocer. Veo que se está relajando y que su cuerpo se funde en sus brazos. Ya no llora. Todo su ser está atento a la música y al ritmo de la madre que le está consolando tan bien. Cuando por fin se duerme, toda la habitación se queda en paz. Algo trascendental parece haber cambiado. Ha habido una transición de la angustia a la armonía”. 

Y es impagable, ¿no creen?

Mi historia de amor

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¡Picnic en familia!

El 20 de agosto de 2013 celebré mi 41 cumpleaños. Estaba soltera y viviendo de alquiler en Madrid con mi perro Simón, que ya tenía 16 años. Me había mudado unas ocho veces en los cuatro años anteriores, contando tres mudanzas en Londres. Allí me fui en septiembre de 2010, anhelando encontrar algo que ¿en mi fantasía? ¿en mi corazón? siempre creí que me esperaba. Pero me había vuelto sin encontrarlo.

Con los 41 cumplidos y mi vida de periodista freelance y escritora de consejos de amor, mis amigas casadas me seguían comparando con Carrie Bradshaw y diciéndome eso de “Disfruta de tu libertad tú que puedes”. Y la disfrutaba mucho. Pero me había cansado de hacerlo sola.

Un día, un chico me escribió a Facebook. Recibo muchos mensajes de gente que lee mis artículos, me pide consejo o quiere conocerme. Porque yo, lo confieso, utilizaba el perfil para lanzar “anzuelos”. Nunca me gustaron mucho las discotecas ni la vida nocturna, y a esa edad ni me planteaba conocer a alguien en un bar a las 4 de la madrugada.

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De los parques de Londres…

Lo primero que miré, claro, fue su foto de perfil y si estaba soltero. Parecía que sí. Se había ido a Londres a buscarse la vida tras quedarse en paro en lo más crudo de la crisis. Me encantó su mirada, noble y clara. Se llamaba Ángel y tenía pinta de vaquero bueno de peli del Oeste. Rápidamente me imaginé cosas (yo era de las que corría a unir los apellidos de él con mis nombres favoritos de bebé), pero no quise embalarme porque me había equivocado muchas veces…

Unos meses después, mis antiguos caseros de Londres me dejaron las llaves de la casa y Ángel y yo decidimos conocernos en persona. ¡Por entonces ya nos enviábamos whatsapps a todas horas! Fue a buscarme al aeropuerto de Gatwick con un ramo de flores y un regalo por mi reciente cumpleaños. Tardé una media hora en sentir que a su lado podía aflojar las riendas y relajarme. Que ese hombre iba a cuidarme si me dejaba. Y me dejé. Ya no nos separamos durante casi un mes.

Cuando volví a Madrid iniciamos una relación a distancia, con la excitación de los reencuentros y la tristeza de las despedidas, pero algo había cambiado: yo ya no me sentía sola, aunque Simón me dejó unos meses después de conocer a Ángel. En el momento en que supo que ya podía marcharse tranquilo. Planeamos que me mudara de nuevo a Londres para estar juntos, pero antes compré un billete de tren para Sevilla. Él tenía allí una casa que los inquilinos habían destrozado y yo me ofrecí para pasar un mes en ella y dejarla lista para volver a alquilar.

Antes de marcharme a Sevilla hice limpieza en el armario (¡otra mudanza!), y tiré un pijamita y un conjunto de gorrito y calcetines de bebé que había comprado años atrás para el hijo que algún día quería tener. Llevaba mucho tiempo guardándolos, pero me desanimó el hecho de que unas pruebas hormonales habían dado como resultado que yo al parecer ya no ovulaba cada mes, y a mis famosos 41 años más me valía ir consultando a una clínica de fertilidad si quería tener hijos.

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… a las terrazas de Sevilla

 

Y me fui a Sevilla el 1 de marzo de 2014. Dos semanas después, Ángel vino a visitarme. Pasaron dos semanas más, y me fui a verle a Londres. Pero algo pasaba. Yo estaba triste, rara, hinchada, y no me venía la regla. Y además Ángel había tenido que dejar de trabajar porque sufría una arritmia. Volvimos juntos a España sin saber todavía que ya no nos íbamos a separar.

Un mes después, su arritmia estaba curada y él, de nuevo, en España. En Sevilla, conmigo. Embarazada. Nos instalamos juntos en su casa. Compramos muebles, cojines, alfombras. Más pijamitas, calcetines y gorritos de bebé. Cambiamos de sitio el cuadro que Ángel había pintado muchos años atrás para el hijo que algún día tendría. Y los meses pasaron. Del segundo al cuarto vomité todos los días, y hasta el final me acompañaron las  indigestiones y la acidez que me amargaban todas las comidas. Por lo demás apenas engordé, no tuve retención de líquidos ni diabetes ni hipertensión ni estrías. El parto fue tan rápido que casi no nos dio tiempo a llegar al hospital. Di a luz con 42 años a Mar, una niña sana y preciosa que me cambió aún más la vida.

No llegamos a instalarnos juntos en Londres. Y no lo echo de menos porque, al final, resulta que sí encontré allí lo que buscaba, solo que un poco más tarde de lo que esperaba. Y a quienes me escriben buscando un consejo, cansados de sueños rotos, decepcionados, creyendo que es imposible, demasiado tarde… quiero decirles que sí se puede. Encontrar el amor, tener un bebé, cambiar el rumbo, empezar a los 40 y más allá, tumbar los muros que la mente y las convenciones sociales levantaron. Eso sí: tienen que creérselo y desearlo con muchas, muchas ganas y cabezonería.

Cosas de mamás

Cuando me quedé embarazada me entraron unas ganas locas de leer todo lo que tenía que ver con esa etapa emocionante y confusa en la que acababa de entrar. Hasta entonces no había prestado apenas atención al mundo de las mamás y los bebés. Aunque deseaba mucho unirme al club… ¡me daba mucha pereza! triponcha

Y así es como descubrí un universo en continua expansión. Blogs de mamás primerizas que comparten sin pudor sus noches sin dormir y su rutina de tetas y cacas. Tiendas on line que venden carritos, maxicosis, cunas, minicunas, moisés, hamacas, gimnasio, uffff…. Páginas con consejos de pediatras, doulas, enfermeras, asesoras de lactancia. Ránkings de cosas útiles e inútiles que comprarle al bebé. Críticas de carritos y sus prestaciones. Cosas con nombres como cuski o doudou. Y opiniones, miles de opiniones.

Pero como es un universo que se expande infinitamente, descubrí aún más cosas. Por ejemplo: 1) No es lo mismo un trío que un dúo (y ninguno de los dos son lo que yo creía hasta ahora). 2) El porteo es una maravilla pero solo si sabes elegir el fular perfecto, pues los hay elásticos o fijos, de algodón ecológico o de mezcla, con metros de tela o con anillas. 3) Si te descuidas, puedes quedar atrapada durante una tarde entera en los intrincados bucles de los foros para embarazadas.

Leí libros, descubrí a Laura Guttman y leerla me hizo llorar de alivio al sentirme comprendida y también morirme de miedo con sus amenazas de que parir una criatura es sinónimo de enfangarte en esa sombra tan fea que acarreas. Aprendí las abismales diferencias entre parto natural y parto medicalizado, casi tan profundas como las diferencias entre el doctor González y el señor Estevill.

Ahora que estoy de ocho meses ya no leo gran cosa. Me he informado y decidido que quiero un parto lo más natural posible, que no aplicaré ningún método para “enseñar a mi hija a dormir” y que no la dejaré llorar desconsolada porque “en los brazos se malacostumbra”. He comprado una cuna de colecho y no tengo biberones. Y también he decidido que no voy a pasarme tres años dándole el pecho y que no estoy dispuesta a cambiar alegremente sus sábanas cada día si tengo una niña que se hace pis hasta los siete años, aunque algunos digan que es perfectamente normal.

He aprendido muchas cosas útiles y he cogido ideas de aquí y de allá. Pero soy consciente de que una cosa es la teoría y otra la práctica. Cuando mi hija nazca la conoceré, aprenderemos juntas, lo haremos como mejor sepamos, como podamos. No quiero leer más libros de pediatras que al fin y al cabo nunca sentirán como siente una mujer. No quiero asustarme leyendo historias de partos terroríficos. No quiero acabar  con los sesos fritos cada vez que quiero comprar algo en internet y encuentro veinte modelos diferentes con sus respectivas opiniones adosadas.

Y después, cómo no, están los consejos de las otras mamás, que a la que te descuidas te explican cómo tienes que hacer las cosas. La verdad es que las comprendo, pues yo misma aún no he dado a luz y tengo que contener mis ganas de aconsejar a las amigas que han quedado embarazadas después de mí. Y es que me da la sensación de que muchas mujeres estamos deseando hablar con la voz de nuestro instinto, esa que tantas veces queda sepultada bajo el aluvión de consejos, cursos, libros, vídeos y demás recomendaciones sobre el embarazo, el parto y la crianza.

Recetas de vida anticáncer

 

recetasLa editorial Urano me envía el nuevo libro de Odile Fernández, Mis recetas de cocina anticáncer. Se me hace la boca agua leyendo las recetas y viendo las fotos, llenas de color y de vida. Aunque la verdad es que algunas combinaciones me parecen un poco complicadas o no me convencen (mmm… a las algas no termino de encontrarles la gracia).

Pero lo que me apasiona de este libro es la historia de Odile, médico de familia a la que detectaron un cáncer avanzado de ovarios con múltiples metástasis. Ella decidió seguir el tratamiento que le proponía la medicina convencional, pero también decidió cambiar radicalmente su alimentación y su actitud. Se curó, fue mamá dos veces y ahora es una especie de ángel para otros enfermos, para los que estamos sanos y espero que para muchos de sus compañeros de profesión.

Fernando, mi hermano pequeño, murió a los 17 años de un cáncer de huesos muy agresivo y doloroso. Le trataron en las mejores clínicas, con los métodos más avanzados de la época (principios de los 90). Pero ninguno de ellos tuvo en cuenta lo que él comía o lo que sentía. A mi madre también la operaron de cáncer (de colon) hace seis años. Ella sí se curo, y también hizo algunos cambios en su alimentación. ¿Hasta que punto influyeron? Pues no lo sé. No creo que la actitud optimista por sí sola pueda curar. Hay miles de enfermos con una sonrisa permanente en los labios y que son los primeros en animar a sus familias, y acaban muriendo. Así era Fernando, por ejemplo.

Lo que me parece terrible es que todavía tantos médicos se limiten a combatir los síntomas físicos de la enfermedad, obviando por completo la importancia de la alimentación, el pensamiento positivo y los hábitos saludables. Y es tristísimo que millones de personas se refugien exclusivamente en las pastillas cuando se sienten mal, y no sepan (o no quieran saber, pues existe información de sobra) que existen otras formas de sanar la raíz de sus dolores físicos o emocionales. Dicen las legendarias medicinas orientales, y estoy segura de que tienen mucha razón, que somos un todo cuerpo-mente-espíritu, y que la enfermedad física es a menudo la expresión de un malestar que comienza siendo emocional. Pero eso, aquí, se tiene tan pocas veces en cuenta…

Seguramente porque no pude hacer nada por ayudar a mi hermano, pues yo también era muy joven y me sentía desbordada, sueño con una sociedad en la que los hospitales se conviertan en remansos de paz y bienestar, verdaderos centros de salud y no de enfermedad. Me los imagino atendidos por médicos como Odile, enfermeros y terapeutas trabajando en equipo para ayudar a sus pacientes, y siendo justamente respetados y remunerados por su trabajo. Imagino que ningún médico más le dice a nadie lo que uno le dijo a mis padres hace  21 años: “A su hijo le quedan tres meses de vida”…

Tetas y culos

Me pregunto, como mi amiga Amanda Mervine Edwards, en qué momento empezamos a sentirnos feas. Ni siquiera lo recordamos. Pero el veneno se nos quedó incrustado bajo la piel, y brota como un sarpullido cuando toca probarse el primer bikini del año bajo la luz de neón o exponerse a la mirada de un nuevo amante. A veces, basta una visión fugaz en el reflejo de un escaparate.

Y entonces corremos lejos del espejo, incapaces de soportar la angustia, en busca de un capricho que nos haga olvidar (cuánta psicología femenina sabía quien inventó aquello de “Porque yo lo valgo”) o el consuelo de nuestras amigas, siempre dispuestas a regalarnos un “¡Estás estupenda!” que les sale del corazón. Porque ellas saben… Y nosotras sabemos que nunca nos van a decir Sí, tienes el culo gordo y las tetas caídas. Aunque lo piensen. Porque incluso si lo piensan, lo piensan con cariño. No les importa, porque ven la belleza que hay en la luz de nuestra sonrisa, en nuestra vulnerabilidad, incluso en las estrías que se quedaron ahí después de albergar una vida en nuestro vientre o adelgazar muchos kilos para intentar ser más bonitas. 

No es vanidad ni mero complejo. No es querer tener la melena rubia y lisa cuando tu pelo crece oscuro y rizado. Es la sensación, secreta y vergonzosa, de ser imperfectas, anormales, deformes. De tener ensartada una voz en las tripas que nos dice Eres fea. Racionalmente, no tiene sentido. Lo sabemflor_resizedos. Hay una infinita variedad de cuerpos, de pechos y vaginas, y según los psicólogos y ginecólogos todos son normales.

Lo que no es normal, y eso también lo sabemos, son los cuerpos de tetas infladas hasta el delirio, caras inexpresivas, labios como morcillas, pubis infantiles. Eso es lo que debería parecernos feo, y en realidad nos lo parece, pero en algún oscuro rincón de nuestro interior, ahí donde la voz maligna y el veneno forman un amasijo, incomprensiblemente querríamos ser así, artificiales y perfectas, porque creemos que así es como a ellos les gustan las mujeres. Y nos gustaría, por un instante, ser invulnerables, insensibles, impenetrables, como maniquíes. 

Aunque nuestros hombres nos susurren al oído lo mucho que nos desean, nos repitan que nos quieren tal y como somos, a veces ni siquiera podemos creerles. Si supierais, no hablaríais con tanta ligereza sobre tetas y culos, pensamos. Como si el sol se apagara por un instante, ciegas y desesperadas, solo buscamos la forma de arrancar de nuestra piel todas las burlas, las comparaciones, las miradas de desaprobación, el terror a esa voz que, cuando éramos pequeñitas, nos dijo que nadie nos querría si no éramos las más bonitas.  

Foto: Vulvalovelovely