Soy una mamá que “no trabaja”

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Mano a mano frente a la pantalla

Ahora que leo blogs de maternidad y crianza, asisto entre interesada, curiosa e indignada (depende del momento y del blog) al intenso debate entre lo que podríamos llamar las mamás feministas de los años 80 y las que ahora preferimos dedicar mucho tiempo a criar a nuestros hijos que salir a trabajar mucho tiempo en una empresa.

Cuando yo era pequeña (en los 80) y nuestras madres se quedaban en casa, en el colegio nos hacían escribir “Sus labores” en la casilla de “Profesión de la madre”. Por supuesto que yo no quería dedicarme a “eso” cuando fuera mayor. Ni me gustaba coser ni quería ser ama de casa. Qué horror, qué aburrimiento, qué banalidad. Por supuesto que no percibía cada pequeño, continuo, generoso, incansable esfuerzo de mi madre durante los 28 años que viví en su casa.

Y luego, poco a poco, empecé a comprender. Ay, si a las madres les pagaran un sueldo por su trabajo. Ay, si se reconociera lo que hacen como una de las labores más valiosas a las que se puede dedicar un ser humano. Pero en este mundo masculino lo más importante es producir, correr y quemar etapas, y que el bebé cague en el orinal, duerma solo y deje de dar la lata lo antes posible. Pasar uno, dos o tres años al lado de tu hijo se considera una esclavitud y una pérdida de tiempo.

Pues yo sigo con mi hija en casa, que tiene 16 meses. O sigue ella conmigo, porque yo trabajo en casa, con mi ordenador y más o menos a mi aire. Claro que quiero retomar mis proyectos creativos, volver a salir con amigas, tirarme en el sofá a leer un libro. Y hay días durísimos, largos, aburridos, en los que quisiera cerrar los ojos y dormir 12 horas seguidas, y ponerme a leer una revista al despertar. Pero es mi elección. Porque puedo y porque quiero.

Sí, prefiero estar en casa con mi niña que dejándome la piel en una oficina por mil euros sin saber si me van a despedir mañana. Prefiero dedicarme a la maravilla de criarla, educarla, enseñarle lo que sé, aprender de ella y descubrir el mundo a su lado que hacer carrera en una empresa a cambio de dinero y reconocimiento, perdiendo mi alma en el camino (si es que sigue existiendo esa posibilidad, por otra parte). Aunque entiendo a las mujeres que en los 80 preferían salir a trabajar a quedarse en el parque cada tarde con sus hijos, porque creo que trabajar y ser independiente económicamente es importantísimo, resulta que muchas de nosotras no encontramos la felicidad en eso de “hacer carrera” a la manera tradicional.

Y ojalá pudiera alargar todo lo posible el momento en que mi niña también tenga que entrar en la rueda de los horarios, las normas y el sistema. Pero no voy a poder demasiado, porque lo que estoy haciendo ni se paga ni se valora. Más bien, veo que los políticos van por el camino de ampliar el horario de las guarderías (¿por qué no abren por la noche, ya total?) para que las madres puedan volver cuanto antes a “trabajar”. Parece que siguen sin enterarse de que cada vez somos más las que queremos decidir si volvemos a la oficina, si emprendemos por nuestra cuenta, si nos quedamos en casa o si elegimos un poco de todo. Y que nos den facilidades para montar un negocio o tener un horario flexible. Estar con nuestros hijos durante su primer, segundo o tercer año de vida y que nos paguen por ello. A mí no me parece una esclavitud ni una condena, sino un pedazo irrepetible de mi vida que no me quiero perder. Intenso, agotador, hermoso. Parece eterno, pero pasa en un suspiro.

Hay un libro sobre crianza que me gusta mucho. Se llama Lo que hacen las madres y la misma autora, Naomi Stadlen, resume su contenido en unas preciosas palabras al final. Esto es lo que hacen las madres cuando parece que no hacen nada:

“Veo a una madre con aspecto agotado, pálida y ojerosa, que milagrosamente tiene energía para cantar y acunar a su bebé de un modo que el bebé empieza a reconocer. Veo que se está relajando y que su cuerpo se funde en sus brazos. Ya no llora. Todo su ser está atento a la música y al ritmo de la madre que le está consolando tan bien. Cuando por fin se duerme, toda la habitación se queda en paz. Algo trascendental parece haber cambiado. Ha habido una transición de la angustia a la armonía”. 

Y es impagable, ¿no creen?

Mi historia de amor

 

El 20 de agosto de 2013 celebré mi 41 cumpleaños. Estaba soltera y viviendo de alquiler en Madrid con mi perro Simón, que ya tenía 16 años. Me había mudado unas ocho veces en los cuatro años anteriores, contando tres mudanzas en Londres. Allí me fui en septiembre de 2010, anhelando encontrar algo que ¿en mi fantasía? ¿en mfamilyi corazón? siempre creí que me esperaba. Pero me había vuelto sin encontrarlo.

Con los 41 cumplidos y mi vida de periodista y escritora de consejos de amor, mis amigas casadas me seguían comparando con Carrie Bradshaw y diciéndome eso de “Disfruta de tu libertad tú que puedes”. Pero yo me sentía sola.

Un día, un chico me escribió a Facebook. Recibo muchos mensajes de gente que lee mis artículos, me pide consejo o quiere conocerme. Porque yo, lo confieso, utilizaba el perfil para lanzar “anzuelos”. Nunca me gustaron mucho las discotecas ni la vida nocturna, y a esa edad ni me planteaba conocer a alguien en un bar a las 4 de la madrugada. Lo primero que miré, claro, fue su foto de perfil y si estaba soltero. Parecía que sí. Se había ido a Londres a buscarse la vida tras quedarse en paro en lo más crudo de la crisis. Me encantó su mirada, noble y clara. Se llamaba Ángel y tenía pinta de vaquero bueno de peli del Oeste. Rápidamente me imaginé cosas (yo era de las que corría a unir los apellidos de él con mis nombres favoritos de bebé), pero no quise embalarme porque me había equivocado muchas veces…

Unos meses después me dejaron las llaves de la casa donde había vivido en Londres y Ángel y yo decidimos conocernos en persona. ¡Por entonces ya nos enviábamos whatsapps a todas horas! Fue a buscarme al aeropuerto de Gatwick con un ramo de flores y un regalo por mi reciente cumpleaños. Tardé una media hora en sentir que a su lado podía aflojar las riendas y relajarme. Que ese hombre iba a cuidarme si me dejaba. Y me dejé. Ya no nos separamos durante casi un mes.

Cuando volví a Madrid iniciamos una relación a distancia, con la excitación de los reencuentros y la tristeza de las despedidas, pero algo había cambiado: yo ya no me sentía sola. Planeamos que me mudara de nuevo a Londres para estar juntos, pero antes compré un billete de tren para Sevilla. Él tenía allí una casa que los inquilinos habían destrozado y yo me ofrecí para pasar un mes en ella y dejarla lista para volver a alquilar.

Antes de marcharme a Sevilla hice limpieza en el armario (¡otra mudanza!), y tiré un pijamita y un conjunto de gorrito y calcetines de bebé que había comprado años atrás para el hijo que algún día quería tener. Llevaba mucho tiempo guardándolos, pero me desanimó el hecho de que unas pruebas hormonales habían dado como resultado que yo al parecer no ovulaba, y a mis famosos 41 años más me valía ir consultando a una clínica de fertilidad si quería tener hijos.

Y me fui a Sevilla el 1 de marzo de 2014. Dos semanas después, Ángel vino a visitarme. Pasaron dos semanas más, y me fui a verle a Londres. Pero algo pasaba. Yo estaba triste, rara, hinchada, y no me venía la regla. Y además Ángel había tenido que dejar de trabajar porque sufría una arritmia. Volvimos juntos a España sin saber todavía que ya no nos íbamos a separar. Un mes después, su arritmia estaba curada y él, de nuevo, en España. En Sevilla, conmigo. Embarazada. Nos instalamos juntos en su casa. Compramos muebles, cojines, alfombras. Más pijamitas, calcetines y gorritos de bebé. Cambiamos de sitio el cuadro que Ángel había pintado muchos años atrás para el hijo que algún día tendría. Y los meses pasaron. Del segundo al cuarto vomité todos los días, y hasta el final me acompañaron las  indigestiones y la acidez que me amargaban todas las comidas. Por lo demás apenas engordé, no tuve retención de líquidos ni diabetes ni hipertensión ni estrías. El parto fue tan rápido que casi no nos dio tiempo a llegar al hospital. Di a luz con 42 años a Mar, una niña preciosa que hoy cumple dos meses.

No llegamos a instalarnos juntos en Londres. Y no lo echo de menos porque, al final, resulta que sí encontré allí lo que buscaba, solo que un poco más tarde de lo que esperaba. Y a quienes me escriben buscando un consejo, cansados de sueños rotos, decepcionados, creyendo que es imposible, demasiado tarde… quiero decirles que sí se puede. Encontrar el amor, tener un bebé, cambiar el rumbo, empezar a los 40 y más allá, tumbar los muros que la mente y las convenciones sociales levantaron. Eso sí: tienen que creérselo y desearlo con muchas, muchas ganas y cabezonería.

¡Feliz Día de San Valentín!

Cosas de mamás

Cuando me quedé embarazada me entraron unas ganas locas de leer todo lo que tenía que ver con esa etapa emocionante y confusa en la que acababa de entrar. Hasta entonces no había prestado apenas atención al mundo de las mamás y los bebés. Aunque deseaba mucho unirme al club… ¡me daba mucha pereza! triponcha

Y así es como descubrí un universo en continua expansión. Blogs de mamás primerizas que comparten sin pudor sus noches sin dormir y su rutina de tetas y cacas. Tiendas on line que venden carritos, maxicosis, cunas, minicunas, moisés, hamacas, gimnasio, uffff…. Páginas con consejos de pediatras, doulas, enfermeras, asesoras de lactancia. Ránkings de cosas útiles e inútiles que comprarle al bebé. Críticas de carritos y sus prestaciones. Cosas con nombres como cuski o doudou. Y opiniones, miles de opiniones.

Pero como es un universo que se expande infinitamente, descubrí aún más cosas. Por ejemplo: 1) No es lo mismo un trío que un dúo (y ninguno de los dos son lo que yo creía hasta ahora). 2) El porteo es una maravilla pero solo si sabes elegir el fular perfecto, pues los hay elásticos o fijos, de algodón ecológico o de mezcla, con metros de tela o con anillas. 3) Si te descuidas, puedes quedar atrapada durante una tarde entera en los intrincados bucles de los foros para embarazadas.

Leí libros, descubrí a Laura Guttman y leerla me hizo llorar de alivio al sentirme comprendida y también morirme de miedo con sus amenazas de que parir una criatura es sinónimo de enfangarte en esa sombra tan fea que acarreas. Aprendí las abismales diferencias entre parto natural y parto medicalizado, casi tan profundas como las diferencias entre el doctor González y el señor Estevill.

Ahora que estoy de ocho meses ya no leo gran cosa. Me he informado y decidido que quiero un parto lo más natural posible, que no aplicaré ningún método para “enseñar a mi hija a dormir” y que no la dejaré llorar desconsolada porque “en los brazos se malacostumbra”. He comprado una cuna de colecho y no tengo biberones. Y también he decidido que no voy a pasarme tres años dándole el pecho y que no estoy dispuesta a cambiar alegremente sus sábanas cada día si tengo una niña que se hace pis hasta los siete años, aunque algunos digan que es perfectamente normal.

He aprendido muchas cosas útiles y he cogido ideas de aquí y de allá. Pero soy consciente de que una cosa es la teoría y otra la práctica. Cuando mi hija nazca la conoceré, aprenderemos juntas, lo haremos como mejor sepamos, como podamos. No quiero leer más libros de pediatras que al fin y al cabo nunca sentirán como siente una mujer. No quiero asustarme leyendo historias de partos terroríficos. No quiero acabar  con los sesos fritos cada vez que quiero comprar algo en internet y encuentro veinte modelos diferentes con sus respectivas opiniones adosadas.

Y después, cómo no, están los consejos de las otras mamás, que a la que te descuidas te explican cómo tienes que hacer las cosas. La verdad es que las comprendo, pues yo misma aún no he dado a luz y tengo que contener mis ganas de aconsejar a las amigas que han quedado embarazadas después de mí. Y es que me da la sensación de que muchas mujeres estamos deseando hablar con la voz de nuestro instinto, esa que tantas veces queda sepultada bajo el aluvión de consejos, cursos, libros, vídeos y demás recomendaciones sobre el embarazo, el parto y la crianza.

Recetas de vida anticáncer

 

recetasLa editorial Urano me envía el nuevo libro de Odile Fernández, Mis recetas de cocina anticáncer. Se me hace la boca agua leyendo las recetas y viendo las fotos, llenas de color y de vida. Aunque la verdad es que algunas combinaciones me parecen un poco complicadas o no me convencen (mmm… a las algas no termino de encontrarles la gracia).

Pero lo que me apasiona de este libro es la historia de Odile, médico de familia a la que detectaron un cáncer avanzado de ovarios con múltiples metástasis. Ella decidió seguir el tratamiento que le proponía la medicina convencional, pero también decidió cambiar radicalmente su alimentación y su actitud. Se curó, fue mamá dos veces y ahora es una especie de ángel para otros enfermos, para los que estamos sanos y espero que para muchos de sus compañeros de profesión.

Fernando, mi hermano pequeño, murió a los 17 años de un cáncer de huesos muy agresivo y doloroso. Le trataron en las mejores clínicas, con los métodos más avanzados de la época (principios de los 90). Pero ninguno de ellos tuvo en cuenta lo que él comía o lo que sentía. A mi madre también la operaron de cáncer (de colon) hace seis años. Ella sí se curo, y también hizo algunos cambios en su alimentación. ¿Hasta que punto influyeron? Pues no lo sé. No creo que la actitud optimista por sí sola pueda curar. Hay miles de enfermos con una sonrisa permanente en los labios y que son los primeros en animar a sus familias, y acaban muriendo. Así era Fernando, por ejemplo.

Lo que me parece terrible es que todavía tantos médicos se limiten a combatir los síntomas físicos de la enfermedad, obviando por completo la importancia de la alimentación, el pensamiento positivo y los hábitos saludables. Y es tristísimo que millones de personas se refugien exclusivamente en las pastillas cuando se sienten mal, y no sepan (o no quieran saber, pues existe información de sobra) que existen otras formas de sanar la raíz de sus dolores físicos o emocionales. Dicen las legendarias medicinas orientales, y estoy segura de que tienen mucha razón, que somos un todo cuerpo-mente-espíritu, y que la enfermedad física es a menudo la expresión de un malestar que comienza siendo emocional. Pero eso, aquí, se tiene tan pocas veces en cuenta…

Seguramente porque no pude hacer nada por ayudar a mi hermano, pues yo también era muy joven y me sentía desbordada, sueño con una sociedad en la que los hospitales se conviertan en remansos de paz y bienestar, verdaderos centros de salud y no de enfermedad. Me los imagino atendidos por médicos como Odile, enfermeros y terapeutas trabajando en equipo para ayudar a sus pacientes, y siendo justamente respetados y remunerados por su trabajo. Imagino que ningún médico más le dice a nadie lo que uno le dijo a mis padres hace  21 años: “A su hijo le quedan tres meses de vida”…

Tetas y culos

Me pregunto, como mi amiga Amanda Mervine Edwards, en qué momento empezamos a sentirnos feas. Ni siquiera lo recordamos. Pero el veneno se nos quedó incrustado bajo la piel, y brota como un sarpullido cuando toca probarse el primer bikini del año bajo la luz de neón o exponerse a la mirada de un nuevo amante. A veces, basta una visión fugaz en el reflejo de un escaparate.

Y entonces corremos lejos del espejo, incapaces de soportar la angustia, en busca de un capricho que nos haga olvidar (cuánta psicología femenina sabía quien inventó aquello de “Porque yo lo valgo”) o el consuelo de nuestras amigas, siempre dispuestas a regalarnos un “¡Estás estupenda!” que les sale del corazón. Porque ellas saben… Y nosotras sabemos que nunca nos van a decir Sí, tienes el culo gordo y las tetas caídas. Aunque lo piensen. Porque incluso si lo piensan, lo piensan con cariño. No les importa, porque ven la belleza que hay en la luz de nuestra sonrisa, en nuestra vulnerabilidad, incluso en las estrías que se quedaron ahí después de albergar una vida en nuestro vientre o adelgazar muchos kilos para intentar ser más bonitas. 

No es vanidad ni mero complejo. No es querer tener la melena rubia y lisa cuando tu pelo crece oscuro y rizado. Es la sensación, secreta y vergonzosa, de ser imperfectas, anormales, deformes. De tener ensartada una voz en las tripas que nos dice Eres fea. Racionalmente, no tiene sentido. Lo sabemflor_resizedos. Hay una infinita variedad de cuerpos, de pechos y vaginas, y según los psicólogos y ginecólogos todos son normales.

Lo que no es normal, y eso también lo sabemos, son los cuerpos de tetas infladas hasta el delirio, caras inexpresivas, labios como morcillas, pubis infantiles. Eso es lo que debería parecernos feo, y en realidad nos lo parece, pero en algún oscuro rincón de nuestro interior, ahí donde la voz maligna y el veneno forman un amasijo, incomprensiblemente querríamos ser así, artificiales y perfectas, porque creemos que así es como a ellos les gustan las mujeres. Y nos gustaría, por un instante, ser invulnerables, insensibles, impenetrables, como maniquíes. 

Aunque nuestros hombres nos susurren al oído lo mucho que nos desean, nos repitan que nos quieren tal y como somos, a veces ni siquiera podemos creerles. Si supierais, no hablaríais con tanta ligereza sobre tetas y culos, pensamos. Como si el sol se apagara por un instante, ciegas y desesperadas, solo buscamos la forma de arrancar de nuestra piel todas las burlas, las comparaciones, las miradas de desaprobación, el terror a esa voz que, cuando éramos pequeñitas, nos dijo que nadie nos querría si no éramos las más bonitas.  

Foto: Vulvalovelovely 

Yo también miro el móvil en el metro

Cuando era pequeña leía las tiras de Mafalda en los tebeos de Esther y su mundo. Algunas no las entendía, otras me dejaban pensando y otras más se me quedaron grabadas. Una de mis favoritas es esa en la que Mafalda le pregunta a Susanita si ha hecho sus deberes y esta, que está saltando a la comba y practicando eso que ahora llamamos procrastinar, le responde: “La gente no quiere hacer nada, la gente no quiere trabajar. ¿Te das cuenta de  cuál es mi drama, Mafalda? ¡Que yo soy muy gente!” 

Me acuerdo de esta tira cuando oigo a alguien quejarse de que la gente va en el metro con la vista fija en el móvil y eso nos va a llevar a la deshumanización absoluta, la enajenación mental y no sé cuántas desgracias más. Pues es que yo para eso soy muy gente. También miro el móvil mientras voy en el metro. A veces solo cotilleo Facebook. Otras respondo mis emails de trabajo. Pero aunque esté jugando a disparar ladrillos, ¿quién demonios tiene derecho a deducir que soy una cateta inhumana y asocial? Francamente, prefiero mirar mi móvil a las caras de acelga que me rodean, y comprendo que a otros les pase lo mismo conmigo. No es nada personal. Entramos en el metro y activamos el modo robot.  

Yo a veces, como Susanita, soy muy gente. Igual que a ella, se me da de maravilla procrastinar. Y aunque voy al cine en V.O., veo las películas en casa sin doblar porque me da mucha pereza leer subtítulos en el sofá. Es más, me encantan los telefilmes de tragedias y algún que otro reality show. También compro en Zara aunque lo hago con remordimiento de conciencia ahora que sé que su ropa la fabrican esclavos. A veces leo bestsellers por el puro placer de engancharme a una historia ajena a la mía, y también leo el Cuore y me parto de risa con sus comentarios políticamente incorrectos sobre las imperfecciones de las famosas, esas que posan en la revista de al lado con pretensiones de diosas hasta las orejas de Photoshop. Ah, y me encantan los bufés libres y llenarme el plato de comida que no me voy a comer.

Y cuando estoy sola en casa hago todas esas cosas. Sí, esas.

Como diría Alaska, la protagonista de mi reality favorito, ¿a quién le importa?

Revistas femeninas

Ayer me di una vuelta por el Vip’s y me puse a hojear las revistas mensuales femeninas. Diez minutos después las dejé todas en su sitio, entre aburrida y asombrada. No es que tuvieran demasiadas páginas de moda y belleza para mi gusto, que las tenían, sino que no había nada interesante que leer. Parecían
publirreportajes de marcas, locales, destinos turísticos, restaurantes.

cosmo¿Excepciones? Sí. Harper’s Bazaar, Telva, aunque no sea mi estilo, y
Cosmopolitan. La publicación que lleva colgado el sambenito de ser la típica revista femenina con contenidos frívolos me parece ahora mismo una de las pocas que publica artículos que pueden gustar más o menos, pero al menos cuentan una historia, dan consejos o intentan empoderar a las lectoras. Y no lo digo porque algunos de ellos los escriba yo. Ya me gustaría que hubiera más revistas que me pagaran por escribir en ellas algo que no me hiciera bostezar. La culpa, dirán algunos, es  de la crisis, esa que no afecta al sector del lujo.

Dicen que las revistas femeninas están hechas para invitar a las lectoras a soñar. Pero, ¿a soñar con qué? ¿Con embutirse en una talla 34? ¿Con emprender una carrera como “musa” de diseñador o “It Girl”? ¿Con resorts en islas privadas que nunca pisarán? En otras palabras, están hechas para perpetuar el modelo de “belleza” impuesto desde los departamentos de marketing de empresas que fomentan la esclavitud y experimentan con animales; para alimentar un ideal de vida consumista e inalcanzable que nos distraiga un ratito de nuestra deprimente vida por el módico precio de menos de 5 euros.

Un paseo por el stand de revistas extranjeras me trae un poco más de esperanza. También son básicamente catálogos publicitarios, pero entre anuncio y anuncio hay artículos, reportajes, entrevistas y hasta relatos de los que despiertan interés y hacen reflexionar. Lástima que no encuentro el Vogue británico, cuya editora Alexandra Shulman es algo así como la anti Anna Wintour, ese diablo que viste de Prada y tiene cara de oler a vinagre. Shulman, hija de intelectuales, asiste a los desfiles con un libro, escribe novelas en lugar de acudir a fiestas en yates de diseñadores y, sobre todo, lleva 20 años sin permitir que en su revista se publiquen artículos sobre cirugía estética o dietas. La mujer que en 2009 firmó una carta pidiéndoles a los diseñadores top que dejaran de usar modelos esqueléticas anda ahora embarcada en la realización de un documental donde muestra a los adolescentes el proceso de chapa y pintura que hay detrás de esa imágenes de perfección que se publican en las revistas.

Shulman, por otro lado, no es partidaria del teletrabajo y tiene unas ideas bastante discutibles respecto a la vida profesional y la maternidad, pero al menos es una mujer que expresa lo que piensa más allá del “adoro los diseños de…” o “no puedo vivir sin la crema…”. Sería estupendo que, además, empezara a sacar mujeres de verdad en la portada de su revista. Que hubiera muchas Shulman, muchas revistas, muchos departamentos de marketing, que dijeran basta a la estupidez. Señoras, otras revistas femeninas son posibles. 

Cosas de mujeres

Martin A. La Regina

Mientras releo la novela “Solo para mujeres”, de Marilyn French, que me ha enviado la editorial Lumen, recuerdo lo mucho que me gustó la primera vez que la leí, cuando estaba en los primeros años de universidad y llevaba el título más escueto de “Mujeres”. Eran los tiempos de descubrir a las Brönte, Woolf, Austen, de Beauvoir, Martín Gaite. No es que antes no hubiera leído. Todo lo contrario. Yo devoraba los libros, en casa anárquicamente y en el instituto tal y como me ordenaban. Baroja, Unamuno, Machado, Lorca, Galdós, Cervantes. Tampoco es que estos no me gustaran (menos Baroja, que me provocaba ganas de dormir la siesta). Lorca me ponía el vello de punta, Galdós me enganchaba como un culebrón irresistible. 

Pero ni en el instituto ni en la universidad (y eso que yo elegí letras puras) nos mandaban leer libros escritos por mujeres. Y por eso las chicas de mi generación pasábamos, gracias al boca a boca y a una especie de magnetismo natural, de Enid Blyton, Agatha Christie y Purita Campos a buscar una habitación propia donde leer a las Brönte y compañía. Escritoras descomunales pero que siempre despertaban en Los Entendidos un rictus de “bah”, “literatura escrita por mujeres”. En esas, cayó en mis manos “Mujeres”.  Y me impactó porque hablaba de mujeres de nuestros tiempos, no de jovencitas arrebatadas en los páramos de Yorkshire.

Mujeres que se casan, tienen hijos, se divorcian, se caen, se levantan, vuelven a empezar. Mujeres que se reúnen para hablar con las amigas con tal de no volverse locas a fuerza de estar encerradas entre cuatro paredes. Mujeres que odian, y en el mejor caso toleran, a sus maridos, sin los que no tienen entidad propia.

Claro, la novela se publica en los años 70 y tiene un afán didáctico feminista evidente. Tal vez un poquito anticuado, pero sigue siendo una historia entretenida, lúcida, compleja, y sobre todo capaz de plasmar en la página los pensamientos secretos, las contradicciones a veces desgarradoras, la forma de sentir y de relacionarnos de las mujeres. Era la primera vez que leía a una mujer contar con tanta exactitud las cosas que nos pasan a todas las demás. Sí, sí, sí, pensaba yo a cada párrafo, aunque ni estaba casada ni era una desperate housewife de los suburbios americanos; ni tampoco una líder estudiantil comunista o lesbiana. Y la casa, los hijos, los mocos, los pañales: como a los personajes de la novela, todo eso me parecía una condena a la esclavitud. Me alegraba de haber nacido, a diferencia de ellas, un poco más tarde. Me consolaba leer que otras mujeres, aun de ficción, se sentían igual de rabiosas que yo, que crecí con tres hermanos varones en una casa donde mi padre ponía el grito en el cielo cuando estábamos malos y venía a vernos una doctora, y no un doctor. Donde yo me llevaba las bofetadas por reclamar que ellos también pusieran y quitaran la mesa.

Pero ahora que releo el libro descubro nuevos matices. Otros tonos, capas, colores, que la primera vez no pude percibir. Ahora, cuando pienso en mi madre, que era ama de casa en los años 70, me admiro preguntándome cómo hacía para ocuparse de la casa, el marido y cuatro hijos menores de cinco años. Y además ahora miro a mi alrededor y veo muchas, muchas mujeres asombrosas. Trabajan en la oficina, montan empresas, cuidan de sus niños mientras escriben libros, hacen gimnasia antes de ir a la oficina aunque hayan pasado la noche en vela porque el pequeño tenía fiebre, se divorcian porque no son felices sin que les frene el que sus dos hijos tengan necesidades especiales, son madres solteras por elección propia que cuidan solas de sus niños y además asesoran a otras mujeres que quieren quedarse embarazadas. Y mientras doy vueltas a todas estas ideas antes de ponerlas por escrito entrevisto a Almudena Bernabéu, una abogada y madre de familia que trabaja en Estados Unidos enviando dictadores bananeros a la cárcel. A punto de entrar en la lista de las personas más influyentes del año 2012 de la revista Time, Almudena contesta mis emails desde su iPhone y se disculpa por el retraso en responder (su “enano” la reclama entre viaje y viaje) con esa naturalidad de las mujeres admirables.