Cosas de mujeres

Martin A. La Regina

Mientras releo la novela “Solo para mujeres”, de Marilyn French, que me ha enviado la editorial Lumen, recuerdo lo mucho que me gustó la primera vez que la leí, cuando estaba en los primeros años de universidad y llevaba el título más escueto de “Mujeres”. Eran los tiempos de descubrir a las Brönte, Woolf, Austen, de Beauvoir, Martín Gaite. No es que antes no hubiera leído. Todo lo contrario. Yo devoraba los libros, en casa anárquicamente y en el instituto tal y como me ordenaban. Baroja, Unamuno, Machado, Lorca, Galdós, Cervantes. Tampoco es que estos no me gustaran (menos Baroja, que me provocaba ganas de dormir la siesta). Lorca me ponía el vello de punta, Galdós me enganchaba como un culebrón irresistible. 

Pero ni en el instituto ni en la universidad (y eso que yo elegí letras puras) nos mandaban leer libros escritos por mujeres. Y por eso las chicas de mi generación pasábamos, gracias al boca a boca y a una especie de magnetismo natural, de Enid Blyton, Agatha Christie y Purita Campos a buscar una habitación propia donde leer a las Brönte y compañía. Escritoras descomunales pero que siempre despertaban en Los Entendidos un rictus de “bah”, “literatura escrita por mujeres”. En esas, cayó en mis manos “Mujeres”.  Y me impactó porque hablaba de mujeres de nuestros tiempos, no de jovencitas arrebatadas en los páramos de Yorkshire.

Mujeres que se casan, tienen hijos, se divorcian, se caen, se levantan, vuelven a empezar. Mujeres que se reúnen para hablar con las amigas con tal de no volverse locas a fuerza de estar encerradas entre cuatro paredes. Mujeres que odian, y en el mejor caso toleran, a sus maridos, sin los que no tienen entidad propia.

Claro, la novela se publica en los años 70 y tiene un afán didáctico feminista evidente. Tal vez un poquito anticuado, pero sigue siendo una historia entretenida, lúcida, compleja, y sobre todo capaz de plasmar en la página los pensamientos secretos, las contradicciones a veces desgarradoras, la forma de sentir y de relacionarnos de las mujeres. Era la primera vez que leía a una mujer contar con tanta exactitud las cosas que nos pasan a todas las demás. Sí, sí, sí, pensaba yo a cada párrafo, aunque ni estaba casada ni era una desperate housewife de los suburbios americanos; ni tampoco una líder estudiantil comunista o lesbiana. Y la casa, los hijos, los mocos, los pañales: como a los personajes de la novela, todo eso me parecía una condena a la esclavitud. Me alegraba de haber nacido, a diferencia de ellas, un poco más tarde. Me consolaba leer que otras mujeres, aun de ficción, se sentían igual de rabiosas que yo, que crecí con tres hermanos varones en una casa donde mi padre ponía el grito en el cielo cuando estábamos malos y venía a vernos una doctora, y no un doctor. Donde yo me llevaba las bofetadas por reclamar que ellos también pusieran y quitaran la mesa.

Pero ahora que releo el libro descubro nuevos matices. Otros tonos, capas, colores, que la primera vez no pude percibir. Ahora, cuando pienso en mi madre, que era ama de casa en los años 70, me admiro preguntándome cómo hacía para ocuparse de la casa, el marido y cuatro hijos menores de cinco años. Y además ahora miro a mi alrededor y veo muchas, muchas mujeres asombrosas. Trabajan en la oficina, montan empresas, cuidan de sus niños mientras escriben libros, hacen gimnasia antes de ir a la oficina aunque hayan pasado la noche en vela porque el pequeño tenía fiebre, se divorcian porque no son felices sin que les frene el que sus dos hijos tengan necesidades especiales, son madres solteras por elección propia que cuidan solas de sus niños y además asesoran a otras mujeres que quieren quedarse embarazadas. Y mientras doy vueltas a todas estas ideas antes de ponerlas por escrito entrevisto a Almudena Bernabéu, una abogada y madre de familia que trabaja en Estados Unidos enviando dictadores bananeros a la cárcel. A punto de entrar en la lista de las personas más influyentes del año 2012 de la revista Time, Almudena contesta mis emails desde su iPhone y se disculpa por el retraso en responder (su “enano” la reclama entre viaje y viaje) con esa naturalidad de las mujeres admirables. 

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