El arte de saber hablar de arte

¿Quién no se ha sentido alguna vez ignorante, ordinario y hasta estúpido ante un cuadro abstracto? O una ópera, o un espectáculo de danza. Cualquier obra de arte nos puede emocionar, y también nos puede hacer sentir rígidos, envarados. Yo creo que esto ocurre cuando intentamos entenderla, explicarla, demostrar que somos lo bastante cultos e inteligentes para captar lo que nos ha querido decir el artista. También, cuando alguien nos pide que expresemos lo que nos transmite.

Lo he notado en otras personas cuando han leído mi novela y no saben decirme qué les ha parecido. Porque a mí me ha pasado lo mismo con los libros que han escrito otros. Me siento como si estuviera en el colegio y me fueran a evaluar. “¡Rápido, di algo inteligente!”, pienso. Como si el otro se fuera a sentir decepcionado si no. O peor aún, a pensar que soy una inculta. Y entonces me pongo a pensar cómo decir algo ingenioso y que además no se limite al contenido. La crítica perfecta debería incluir referencias a otras obras y un análisis del estilo y de la técnica. ¡Uf, qué presión! 

Por eso me gusta el nuevo programa cultural de los viernes, “Atención obras”. No es minoritario, ni pedante, ni -ay, qué palabra- elevado. Los colaboradores sonríen y se expresan con naturalidad. Hablan de los temas de los que trata una obra de teatro, de las emociones que despierta una novela o del sentimiento que da vida a una coreografía. Esa cercanía permite que el espectador entre en el juego, en lugar de replegarse abrumado por la superioridad del crítico o del autor. Al fin y al cabo, el arte es una vía para expresar emociones, dar rienda suelta a las neurosis, comunicar ideas o conectar con lo espiritual. Nos lo cargamos todo cuando tratamos de convertirlo en algo puramente intelectual, que nos devuelve a los tiempos en que había que estudiarlo por si caía en el examen. Lo volvemos feo y aburrido. 

Cuando unos recurren al lenguaje críptico para demostrar que son más listos que nadie o tratan de vender humo empaquetado en conceptos pomposos, otros se quedan contemplando un cuadro completamente blanco, como el que vi el otro día en el MACBA, con la cara tensa y sin atreverse a decir “Menudo truño”- “No me gusta” – “No me dice nada”.

Y al final, la torpeza, el ego y la tontería de unos y de otros impiden que una obra de arte pueda llegarnos al corazón, que es lo que al artista honesto más le gustaría escuchar cuando nos pregunta “¿Qué te ha parecido?” 

Foto: Javier González Vega

2 comentarios

  1. E.D Gasçon   •  

    Muy buena reseña Paloma. El arte es subjetivo, al igual que la belleza… esta en el ojo del observador.

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