Las cosas buenas de los libros malos

A lo largo de mi vida me he tragado muchos programas del “Tomate”, alguna (de las primeras, que es perdonable) edición de “Gran Hermano”, bastantes telefilmes de los de después de comer y hasta dos o tres “Gandía Shores”. He pasado noches de fin de semana tumbada en el sofá con el pijama, haciendo zapping entre Patiño y Jorge Javier Vázquez. Y todo ello lo he hecho más bien en secreto, como cuando me depilo ciertas partes del cuerpo o cotilleo los perfiles de Facebook de las antiguas amigas con las que acabé a la greña. 

Ahora, mi tolerancia hacia lo que escupe la tele se ha reducido bastante. Podríamos decir que prácticamente no la soporto. Pero eso no quita para que sienta debilidad por los realities americanos de makeovers, reformas de casas o vestidos de novia (qué haría yo sin el canal Divinity). Y además, desde hace un tiempo, leo algunos best sellers. O sea, que me he devorado (sí, devorado) “El código Da Vinci” unos 10 años de que se lo leyera todo el mundo, y he de decir que lo hice de dos sentadas. También caí fascinada a destiempo ante “El tiempo entre costuras” o “La sombra del viento”. Los dos me encantaron (“El tiempo…” más). Incluso he descubierto lo mucho que me relajan los libros de Stephen King. 

Precisamente este autor, que inventa libros a borbotones, incluso utilizando seudónimos para no abrumar al personal, escribió una autobiografía deliciosa titulada “Mientras escribo”. Es un libro sincero, a veces vulgar, incómodo, pero auténtico. No esperéis encontrar glamour, anécdotas sobre el mundillo cultural o lecciones de vida en él. Stephen King no es Oscar Wilde. Pero es real. Es King con sus miserias, sus opiniones políticamente incorrectas y sus trivialidades vitales.

Uno de los consejos de Julia Cameron, autora de libros sobre escritura y creatividad que recomiendo absolutamente, es acercarse a la mala literatura que triunfa (que también puede ser cine, arte, etc) y tener el valor de deshacerse de los prejuicios y del ego para echar un vistazo a las razones de su éxito. ¿Qué tienen de bueno los libros malos? ¿Por qué un engendro literario como “50 sombras de Grey” ha vendido millones y millones de ejemplares? Creo, como Cameron, que merece la pena desprenderse de ideas preconcebidas y tener la humildad de preguntarse por qué. La verdad es que los best sellers enganchan, incluso si son tan malos como “50 sombras” o la saga “Crepúsculo”, por lo mismo por lo que nos fascinó el primer “Gran Hermano”. Porque todos ellos, aunque sean historias que puedan estar ambientadas en el siglo XVIII o en los mares del sur, hablan de cosas que nos tocan de cerca. De emociones, sentimientos, relaciones. Los leemos y pensamos “Sí, así es como yo me siento aunque nadie lo entiende” o “Eso es lo que yo pienso, pero no sé expresarlo con palabras”. Y por eso los devoramos. Porque están vivos. 

Y ese es el efecto que yo, cuando escribo, quiero causar en los lectores. Aunque no sea el único. Aunque la forma sea importantísima para mí. Así que un poco de telebasura, en realidad, me ayuda a entender las complejidades del ser humano sin necesidad de someterlas a un soporífero análisis intelectual. Por cierto, he leído que a Hillary Clinton también le encanta el reality de las casas. Le ayuda a relajarse en los ratos en que no está mediando en conflictos internacionales.  

3 comentarios

  1. Laura   •  

    Me ha encantado tu punto de vista. Muy cierto. Creo que me etreveré a leer “Mientras escribo,” ahora que lo mencionas. Pues me encanta lo politicamente incorrecto.
    Y si, yo me he tragado, y bien rapido, la saga de Twilight 😉 Shhhhhh!

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