Mi niña no lleva pendientes

pelota

Con pelotas y a lo loco

No sé la de veces que mantuve el siguiente diálogo cuando estaba en la calle con mi hija antes de cumplir su primer año (y de que le salieran algunos ricitos)

-¡Qué guapa!

-Muchas gracias. Es una niña.

-¡Ah! Como no lleva pendientes…

Pues no. Mi niña no lleva pendientes. Y la visto mucho de azul. Porque es mi color favorito y porque resalta aún más sus ojos del color del mar al atardecer. Y no usa chupete. Ni durmió en el carrito durante muchos meses. Ah, y no come papillas ni chuches.

Pero yo no doy explicaciones sobre nada de eso. Porque si me justificara tendría que perder mucho tiempo y energía en responder a toda esa gente que surge de la nada para darme su opinión no solicitada sobre cómo debo cuidar a mi hija.

La cosa se ha calmado con el paso de los meses, pero al principio era aproximadamente así:

  • “Pobrecita, tiene hambre/sueño”. Solíamos escucharlo cuando tratábamos de dar un paseo en su odiado carrito después de una siesta en casa de dos o tres horas amorrada a la teta.
  • “¿No va a la guarde?” Típica pregunta que suele caer (todavía) en los recados durante las mañanas vacías de niños.
  • “Qué dolor de espalda tenéis que tener”. Esto es porque la porteamos en mochila hasta casi los 11 meses.
  • “Abrígala, que hace frío”. Me lo han soltado muchas abuelas, pero la que me dejó perpleja del todo fue una desconocida que me salió al paso a la salida del Carrefour como si le fuera la vida en ello (o mi hija fuera desnuda).
  • “¿Por qué la meces?” Exigió saber una desconocida en la consulta del podólogo mientras yo dormía a mi niña, casi recién nacida, en brazos.

En fin, el repertorio no está mal. Y eso que yo me libré de las visitas postparto.

Supongo que los opinólogos no se han parado a pensar hasta qué punto pueden molestar a una mamá reciente. A mí, si me pillaban de buen humor me hacían reír (aunque era un reír por no llorar), pero si estaba sensible por la montaña rusa hormonal del postparto o cansada porque había dormido a trompicones, los comentarios me enfadaban y me herían.

Especialmente, durante los primeros meses de vida de mi hija. A pesar de darle mimos, brazos y pecho a demanda día tras día, ella lloraba a menudo y yo me sentía insegura, frustrada y a veces desesperada. Todo cambió cuando le detectaron un frenillo que no se apreciaba a simple vista y la operaron a los cinco meses.

Por fortuna, todos esos comentarios y críticas gratuitas me llevaron a hacer oídos sordos a lo de fuera y aprender a escuchar mi instinto. A encontrar nuestra manera. La mía, la de su padre y la de nuestra hija. Las únicas que importaban. Incluso en esas noches en las que no me desvelaban los despertares de mi bebé, sino las dudas que giraban como un torbellino en mi cabeza cuando ya no eran los desconocidos, sino familiares muy cercanos, quienes cuestionaban mi manera de criar (“¿Cuándo le vas a das biberón?”, “Lo que necesita es un chupete”).

Ahora que mi niña es un poco mayorcita, resulta que lo que sucede es otra cosa. He descubierto que cuando el bebé crece un poquito y se ve lustroso, duerme como un angelito o come cual cachorro hambriento… ¿Sabes lo que te dirán por ahí? “Cuánta suerte has tenido” o “Qué buena te ha salido”.

 

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