Mi historia de amor

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¡Picnic en familia!

El 20 de agosto de 2013 celebré mi 41 cumpleaños. Estaba soltera y viviendo de alquiler en Madrid con mi perro Simón, que ya tenía 16 años. Me había mudado unas ocho veces en los cuatro años anteriores, contando tres mudanzas en Londres. Allí me fui en septiembre de 2010, anhelando encontrar algo que ¿en mi fantasía? ¿en mi corazón? siempre creí que me esperaba. Pero me había vuelto sin encontrarlo.

Con los 41 cumplidos y mi vida de periodista freelance y escritora de consejos de amor, mis amigas casadas me seguían comparando con Carrie Bradshaw y diciéndome eso de “Disfruta de tu libertad tú que puedes”. Y la disfrutaba mucho. Pero me había cansado de hacerlo sola.

Un día, un chico me escribió a Facebook. Recibo muchos mensajes de gente que lee mis artículos, me pide consejo o quiere conocerme. Porque yo, lo confieso, utilizaba el perfil para lanzar “anzuelos”. Nunca me gustaron mucho las discotecas ni la vida nocturna, y a esa edad ni me planteaba conocer a alguien en un bar a las 4 de la madrugada.

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De los parques de Londres…

Lo primero que miré, claro, fue su foto de perfil y si estaba soltero. Parecía que sí. Se había ido a Londres a buscarse la vida tras quedarse en paro en lo más crudo de la crisis. Me encantó su mirada, noble y clara. Se llamaba Ángel y tenía pinta de vaquero bueno de peli del Oeste. Rápidamente me imaginé cosas (yo era de las que corría a unir los apellidos de él con mis nombres favoritos de bebé), pero no quise embalarme porque me había equivocado muchas veces…

Unos meses después, mis antiguos caseros de Londres me dejaron las llaves de la casa y Ángel y yo decidimos conocernos en persona. ¡Por entonces ya nos enviábamos whatsapps a todas horas! Fue a buscarme al aeropuerto de Gatwick con un ramo de flores y un regalo por mi reciente cumpleaños. Tardé una media hora en sentir que a su lado podía aflojar las riendas y relajarme. Que ese hombre iba a cuidarme si me dejaba. Y me dejé. Ya no nos separamos durante casi un mes.

Cuando volví a Madrid iniciamos una relación a distancia, con la excitación de los reencuentros y la tristeza de las despedidas, pero algo había cambiado: yo ya no me sentía sola, aunque Simón me dejó unos meses después de conocer a Ángel. En el momento en que supo que ya podía marcharse tranquilo. Planeamos que me mudara de nuevo a Londres para estar juntos, pero antes compré un billete de tren para Sevilla. Él tenía allí una casa que los inquilinos habían destrozado y yo me ofrecí para pasar un mes en ella y dejarla lista para volver a alquilar.

Antes de marcharme a Sevilla hice limpieza en el armario (¡otra mudanza!), y tiré un pijamita y un conjunto de gorrito y calcetines de bebé que había comprado años atrás para el hijo que algún día quería tener. Llevaba mucho tiempo guardándolos, pero me desanimó el hecho de que unas pruebas hormonales habían dado como resultado que yo al parecer ya no ovulaba cada mes, y a mis famosos 41 años más me valía ir consultando a una clínica de fertilidad si quería tener hijos.

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… a las terrazas de Sevilla

 

Y me fui a Sevilla el 1 de marzo de 2014. Dos semanas después, Ángel vino a visitarme. Pasaron dos semanas más, y me fui a verle a Londres. Pero algo pasaba. Yo estaba triste, rara, hinchada, y no me venía la regla. Y además Ángel había tenido que dejar de trabajar porque sufría una arritmia. Volvimos juntos a España sin saber todavía que ya no nos íbamos a separar.

Un mes después, su arritmia estaba curada y él, de nuevo, en España. En Sevilla, conmigo. Embarazada. Nos instalamos juntos en su casa. Compramos muebles, cojines, alfombras. Más pijamitas, calcetines y gorritos de bebé. Cambiamos de sitio el cuadro que Ángel había pintado muchos años atrás para el hijo que algún día tendría. Y los meses pasaron. Del segundo al cuarto vomité todos los días, y hasta el final me acompañaron las  indigestiones y la acidez que me amargaban todas las comidas. Por lo demás apenas engordé, no tuve retención de líquidos ni diabetes ni hipertensión ni estrías. El parto fue tan rápido que casi no nos dio tiempo a llegar al hospital. Di a luz con 42 años a Mar, una niña sana y preciosa que me cambió aún más la vida.

No llegamos a instalarnos juntos en Londres. Y no lo echo de menos porque, al final, resulta que sí encontré allí lo que buscaba, solo que un poco más tarde de lo que esperaba. Y a quienes me escriben buscando un consejo, cansados de sueños rotos, decepcionados, creyendo que es imposible, demasiado tarde… quiero decirles que sí se puede. Encontrar el amor, tener un bebé, cambiar el rumbo, empezar a los 40 y más allá, tumbar los muros que la mente y las convenciones sociales levantaron. Eso sí: tienen que creérselo y desearlo con muchas, muchas ganas y cabezonería.

Amor y Letras

letterEsta tarde he disfrutado con la película “Amor y Letras” (Liberal Arts), que cuenta la amistad romántica entre un hombre de 35 años y una jovencita de 19, alumna de la antigua universidad donde estudió él. Me temía una de esas comedias bobas que solo sirven para vegetar en el sofá una noche tonta, una de esas con chica atolondrada y chico demasiado encantador, pero me he encontrado con una película inteligente y tierna.

Los protagonistas se intercambian cartas, de las escritas a mano, y discuten acerca de los libros malos. Ella dice que los lee porque, aunque sean estúpidos, le hacen feliz. Él cree que no debemos leer para entretenernos, sino para tomar conciencia. Idolatra a su antigua  profesora de Literatura Romántica, la mejor maestra que ha tenido en su vida. Hasta que vuelven a verse y se topa con una mujer de corazón endurecido para quien los poetas románticos solo fueron unos tipos desgraciados que experimentaron un instante de trascendencia y tuvieron a bien ponerlo por escrito. 

“Amor y Letras” habla de cómo podemos amar la literatura, pero también aprender a cerrar los libros y dejar de leer sobre la vida para empezar a vivirla. Alargar la mano y atraer hacia nosotros un pedazo de cielo. Puede ser al recibir una carta escrita a mano, o recorriendo el asfalto mientras escuchamos música clásica. Habla de las cárceles de la vejez y los desiertos que transitamos en la adolescencia, de las crisis de mediana edad y de que no importa la edad que tengamos; siempre se nos ofrece una nueva oportunidad de encontrar belleza en un poema, en la bondad de un amigo, en la cadencia de las palabras que brotan de un corazón noble. Destellos de luz, puertas que se abren y nos traen una ráfaga de eternidad que se posa en nuestra piel como el beso de un amante.

O en palabras del poeta John Keats:

Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.               
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos               
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro. 

Yo y tú y todas las demás

Yo y tú y todas las demás

Yo y tú y todas las demás es mi primera novela (anteriormente la autopubliqué con el título de La gestión del yo). Es una historia sobre espiritualidad y poliamor en la que me pregunto qué es el amor incondicional y si es posible tener más de una pareja a la vez. La idea surgió de una experiencia personal y de mi trabajo como periodista especializada en terapias alternativas y crecimiento personal. Y así nacieron Alicia, Violeta, Diana y el misterioso Jorge.

Yo y tú y todas las demás

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SINOPSIS

Los maestros espirituales -y últimamente los libros de autoayuda- nos han transmitido un bello mensaje: el amor incondicional no pide nada, deja libre a la persona amada y no la necesita para ser feliz. Dicen también que la auténtica felicidad es un estado de ánimo y ningún acontecimiento externo puede dárnosla o quitárnosla. La ley de la atracción asegura que podemos conseguir cualquier cosa que deseemos con solo desearla ardientemente. ¡Todo es posible en la era de la obsesión por el yo! Y… ¿también la relación ideal?

Esta es la historia de Alicia, Violeta y Diana. Tres mujeres muy diferentes entre sí, pero con un nexo común: su relación con un mismo hombre, el misterioso Jorge, al que las tres creen conocer tan bien como a sí mismas. Todo comienza cuando Alicia -como la protagonista del cuento de Lewis Carroll-, se sumerge en un mundo tan desconcertante como atractivo, el de las terapias alternativas y los cursos de crecimiento personal, cuyos gurús aseguran que “el secreto” para conseguir cualquier cosa es desearla ardientemente, y que el único obstáculo en el camino es el ego, con sus limitaciones y exigencias. Pero ¿realmente la felicidad es un estado de ánimo que no depende de los demás? Si el verdadero amor es incondicional, ¿podrías aceptar que el hombre que amas también ame a otras mujeres?

COMIENZA A LEER

“El amor universal habita dentro de ti, dentro de mí. No has de seguir buscándolo fuera. Porque mora en un rincón interior, profundo. En tu ser superior. Siempre ha estado ahí. Tú, como yo, te encarnaste en un cuerpo, en una vida. En esta vida. Y ahora es cuando decides tomar conciencia de tu misión en el mundo. Bien. Estás preparado para conectar. Tu cuerpo físico se ha relajado. Tu mente se halla receptiva. Mi ser, dispuesto a servirte de guía. Yo soy tu compañero en esta aventura terrenal que llamamos existir. Hermanado con tu alma para transmitirte la belleza que me ha sido mostrada. Ahora, serénate. El amor te guiará. Déjalo fluir. Respira y comprenderás. Así…”

Alicia respiró obedientemente y comprobó cuán largos podían llegar a parecerle diez minutos dedicados a fijar la atención en el gesto de inhalar y exhalar el aire que ahora conectaba su cuerpo físico -¿Es que había otro?- con algo llamado su ser superior, y que imaginaba como una proyección de su carne a la que le resultaba difícil otorgar forma, como si se tratara de un miembro o un músculo cuya existencia hubiera ignorado hasta entonces.

Sin embargo, al terminar la clase de prueba decidió apuntarse por un mes. La recepcionista del centro, una mujer con gafas de concha y melena lacia, la hizo esperar mientras cuchicheaba al teléfono. Aprovechó el tiempo muerto para mirar a su alrededor.

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