Tetas y culos

Me pregunto, como mi amiga Amanda Mervine Edwards, en qué momento empezamos a sentirnos feas. Ni siquiera lo recordamos. Pero el veneno se nos quedó incrustado bajo la piel, y brota como un sarpullido cuando toca probarse el primer bikini del año bajo la luz de neón o exponerse a la mirada de un nuevo amante. A veces, basta una visión fugaz en el reflejo de un escaparate.

Y entonces corremos lejos del espejo, incapaces de soportar la angustia, en busca de un capricho que nos haga olvidar (cuánta psicología femenina sabía quien inventó aquello de “Porque yo lo valgo”) o el consuelo de nuestras amigas, siempre dispuestas a regalarnos un “¡Estás estupenda!” que les sale del corazón. Porque ellas saben… Y nosotras sabemos que nunca nos van a decir Sí, tienes el culo gordo y las tetas caídas. Aunque lo piensen. Porque incluso si lo piensan, lo piensan con cariño. No les importa, porque ven la belleza que hay en la luz de nuestra sonrisa, en nuestra vulnerabilidad, incluso en las estrías que se quedaron ahí después de albergar una vida en nuestro vientre o adelgazar muchos kilos para intentar ser más bonitas. 

No es vanidad ni mero complejo. No es querer tener la melena rubia y lisa cuando tu pelo crece oscuro y rizado. Es la sensación, secreta y vergonzosa, de ser imperfectas, anormales, deformes. De tener ensartada una voz en las tripas que nos dice Eres fea. Racionalmente, no tiene sentido. Lo sabemflor_resizedos. Hay una infinita variedad de cuerpos, de pechos y vaginas, y según los psicólogos y ginecólogos todos son normales.

Lo que no es normal, y eso también lo sabemos, son los cuerpos de tetas infladas hasta el delirio, caras inexpresivas, labios como morcillas, pubis infantiles. Eso es lo que debería parecernos feo, y en realidad nos lo parece, pero en algún oscuro rincón de nuestro interior, ahí donde la voz maligna y el veneno forman un amasijo, incomprensiblemente querríamos ser así, artificiales y perfectas, porque creemos que así es como a ellos les gustan las mujeres. Y nos gustaría, por un instante, ser invulnerables, insensibles, impenetrables, como maniquíes. 

Aunque nuestros hombres nos susurren al oído lo mucho que nos desean, nos repitan que nos quieren tal y como somos, a veces ni siquiera podemos creerles. Si supierais, no hablaríais con tanta ligereza sobre tetas y culos, pensamos. Como si el sol se apagara por un instante, ciegas y desesperadas, solo buscamos la forma de arrancar de nuestra piel todas las burlas, las comparaciones, las miradas de desaprobación, el terror a esa voz que, cuando éramos pequeñitas, nos dijo que nadie nos querría si no éramos las más bonitas.  

Foto: Vulvalovelovely 

¿Pedirías una recomendación en LinkedIn a un compañero del cole?

Yo fui una niña flaca, tan flaca que una vez me diagnosticaron raquitismo. Miro mis fotos de cuando tenía 2 o 3 años y me veo una cabeza enorme. Parezco un chupachups, porque también llevaba gafas de culo de botella desde que tenía 1 año. A los 7, no sé muy bien por qué, empecé a comer y entonces me convertí en una niña regordeta. Como para mí el mundo era borroso fuera del contorno de mis gafotas, y además era zurda, el equilibrio no era precisamente mi mayor virtud. En otras palabras, la clase de gimnasia empezó a ser una tortura (pensad que hablo de los tiempos en los que los maestros no dudaban en humillarte si lo consideraban necesario. Recuerdo a mi profesora de 3º de EGB llamándome “Comanecci” con una media sonrisa).  

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Todo esto me ha venido a la mente de nuevo cuando Isabel, una antigua compañera del colegio con la que retomé el contacto por Facebook, me pidió una recomendación para Linkedin. Me pareció muy divertido considerando que dejamos de vernos a los 13 años y Linkedin es, digamos, una página adulta y seria y no un Facebook cualquiera.

Le escribí a Isabel lo que recordaba de ella: que era una niña fuerte y con determinación en la mirada. Ágil (no como yo) y con espíritu de líder sin resultar intimidante. Ella me confesó que había esperando mis comentarios con una pizca de inquietud.

Yo, entonces, me atreví a pedirle lo mismo. ¿Qué recordaba ella de mí? Con la misma inquietud, esperé su mail. Aunque pensaba que no me lo diría, estaba convencida de que me recordaría como una niña gorda, torpe y gafotas. Pero su respuesta casi me hizo llorar. A sus ojos, yo era una niña con gafas, sí, pero con una mirada original, creativa y amable. No me recordaba gorda ni pensaba que podía haberme sentido torpe, pues para ella yo era una compañera con la que era fácil convivir, curiosa, divertida, sin afanes de protagonismo pero siempre presente en todas las situaciones.

Este intercambio de correos me ha enseñado que para ser felices y  lograr nuestras metas personales y profesionales no podemos seguir identificándonos con los complejos de la infancia, los defectos que nos atormentaban en la adolescencia o las etiquetas familiares. Esas que sentencian que “Fulanito siempre será un inútil” o “Menganita es igual de neurótica que su madre”. No podemos permitir que el acné pase, pero deje cicatrices internas que duren toda una vida. 

Yo y tú y todas las demás

Yo y tú y todas las demás

Yo y tú y todas las demás es mi primera novela (anteriormente la autopubliqué con el título de La gestión del yo). Es una historia sobre espiritualidad y poliamor en la que me pregunto qué es el amor incondicional y si es posible tener más de una pareja a la vez. La idea surgió de una experiencia personal y de mi trabajo como periodista especializada en terapias alternativas y crecimiento personal. Y así nacieron Alicia, Violeta, Diana y el misterioso Jorge.

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SINOPSIS

Los maestros espirituales -y últimamente los libros de autoayuda- nos han transmitido un bello mensaje: el amor incondicional no pide nada, deja libre a la persona amada y no la necesita para ser feliz. Dicen también que la auténtica felicidad es un estado de ánimo y ningún acontecimiento externo puede dárnosla o quitárnosla. La ley de la atracción asegura que podemos conseguir cualquier cosa que deseemos con solo desearla ardientemente. ¡Todo es posible en la era de la obsesión por el yo! Y… ¿también la relación ideal?

Esta es la historia de Alicia, Violeta y Diana. Tres mujeres muy diferentes entre sí, pero con un nexo común: su relación con un mismo hombre, el misterioso Jorge, al que las tres creen conocer tan bien como a sí mismas. Todo comienza cuando Alicia -como la protagonista del cuento de Lewis Carroll-, se sumerge en un mundo tan desconcertante como atractivo, el de las terapias alternativas y los cursos de crecimiento personal, cuyos gurús aseguran que “el secreto” para conseguir cualquier cosa es desearla ardientemente, y que el único obstáculo en el camino es el ego, con sus limitaciones y exigencias. Pero ¿realmente la felicidad es un estado de ánimo que no depende de los demás? Si el verdadero amor es incondicional, ¿podrías aceptar que el hombre que amas también ame a otras mujeres?

COMIENZA A LEER

“El amor universal habita dentro de ti, dentro de mí. No has de seguir buscándolo fuera. Porque mora en un rincón interior, profundo. En tu ser superior. Siempre ha estado ahí. Tú, como yo, te encarnaste en un cuerpo, en una vida. En esta vida. Y ahora es cuando decides tomar conciencia de tu misión en el mundo. Bien. Estás preparado para conectar. Tu cuerpo físico se ha relajado. Tu mente se halla receptiva. Mi ser, dispuesto a servirte de guía. Yo soy tu compañero en esta aventura terrenal que llamamos existir. Hermanado con tu alma para transmitirte la belleza que me ha sido mostrada. Ahora, serénate. El amor te guiará. Déjalo fluir. Respira y comprenderás. Así…”

Alicia respiró obedientemente y comprobó cuán largos podían llegar a parecerle diez minutos dedicados a fijar la atención en el gesto de inhalar y exhalar el aire que ahora conectaba su cuerpo físico -¿Es que había otro?- con algo llamado su ser superior, y que imaginaba como una proyección de su carne a la que le resultaba difícil otorgar forma, como si se tratara de un miembro o un músculo cuya existencia hubiera ignorado hasta entonces.

Sin embargo, al terminar la clase de prueba decidió apuntarse por un mes. La recepcionista del centro, una mujer con gafas de concha y melena lacia, la hizo esperar mientras cuchicheaba al teléfono. Aprovechó el tiempo muerto para mirar a su alrededor.

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