Belleza en bote de plástico

Buscando información para escribir un artículo voy a parar a la página web de una agencia de modelos, donde me entero de la altura y la talla de algunas de las más famosas: Cara Delevigne: 1’76, talla 34. Camila Alves: 1’75, talla 34. Milla Jovovich: 1’74, talla 34. Miranda Kerr: 1’75, talla 36. Bar Refaeli, una de las que se cita como ejemplo cuando se habla de “modelos con curvas”: 1’73, talla 36.

Desde que era adolescente he escuchado voces que se alzan contra la “tiranía de la industria”, denunciando lo absurdo de colocarnos a estas mujeres como modelos no ya de moda, sino de feminidad y belleza. Siempre me pareció que tenían razón, pero a mis 15, 16, 20 años yo aspiraba en secreto a ser como ellas.  A los 40, a mí también me indigna y me hastía el continuo machaque de las revistas de belleza, con su lenguaje presuntamente fresco y rompedor (“¡No tienes excusa!”, “Los musts sin los que no podrás vivir”, “¿Lista para la operación bikini?”) que me causa una pereza y una irritación infinitas.

Me gusta estar en forma y considero que la obesidad es una enfermedad, y el sedentarismo un trastorno. Me encantan las cremas, los maquillajes, los tratamientos y los productos de belleza. Pero no soporto el modo en que la industria nos los envuelve y presenta, convirtiendo lo que deberían ser objetos al servicio de nuestro placer y nuestra belleza en un regalo envenenado. Cuando ojeo una de esas revistas me imagino que están diseñadas por un tipo estirado y sádico que tiene el aspecto de Karl Lagerfeld y alza la ceja conteniendo una mueca de asco en cuanto le llega el aroma de un verdadero cuerpo de mujer. Y me asombro de que se puedan llenar 130 páginas (las he contado esta mañana, irónicamente antes de acudir a la presentación de una nueva línea cosmética) con productos de todos los tamaños, texturas, precios y colores que comparten espacio con los inevitables artículos sobre cómo rebajar, reducir, reubicar, retirar, recortar y rebanar la grasa. Esa grasa de la que, en la misma revista, se dice que “afecta” (como si fuera un virus letal) al 90% de las mujeres.

Como las cuarentañeras de mi adolescencia, ahora soy yo la que me pregunto cuándo fue que las mujeres nos dejamos imponer esta dictadura maligna. Cómo puede ser que el cuerpo femenino, capaz del milagro de acoger y alumbrar una vida, sea denigrado, criticado y rechazado de esa manera. Afortunadamente, creo que cada vez más somos más las que ignoramos ese tipo de revistas o pasamos las páginas en bloque cuando nos venden una entrevista con una skinny model de 19 años que pretende revelarnos las grandes verdades de la vida. O a lo mejor es solo que yo me he hecho mayor. Cosa que por lo general me fastidia cuando me miro al espejo (aunque nada más lejos de mis pretensiones que encajar en una talla 34) pero que a veces, secretamente, me regocija.

Por ejemplo, cuando la chica de prensa me cuenta las bondades del nuevo producto, que se expone en una urna iluminada como si fuera una escultura de Rodin, y la interrumpo para preguntarle si ella lo ha probado. “¡Uy no, porque es para mayores de 35!” dice, y regresa a la nota de prensa que me recita sin saltarse ni una coma. En medio de ese ambiente supuestamente glamouroso de las presentaciones de productos de belleza, y que a mí me recuerda a una reunión de nuevas ricas que ponen mucho cuidado en parecer elegantes, enteradas y mundanas, la jovencita de prensa me propone que me siente en un tocador monísimo que han instalado en medio del bistró y me haga una foto con uno de los carteles (ella los llama “insights”) que resumen el espíritu del nuevo lanzamiento. Me invita a elegir entre En solo 7 días saldrás de casa sin maquillaje, En solo 7 días te gustará más mirarte al espejo o En solo 7 días no te preocupará salir en las fotos.

“Gracias, pero no”, le digo. “Yo es que salgo de casa sin maquillar siempre que me apetece”. Ella no se inmuta. Secretamente está pensando que soy una petarda, pero no me lo puede decir. Ya somos dos.