“No lo cojas, que se acostumbra”

Lautaro 3
Lautaro 3

Ilustración: Paloma Corredor

Ayer estaba en la piscina con mi hija cuando llegaron dos chicas y un chico veinteañeros con un niño de unos dos años. El peque lloraba aterrado y temblaba cada vez más a medida que se acercaba al agua. “¡Mira la nena cómo llora!”, dijo una de las chicas. “¡Jo macho, pareces un niño pequeño!”, soltó el tipo. Quiero pensar que no eran sus padres sino su canguro de verano y unos amigos.

Media hora después, el niño estaba bañándose tan contento. Él solito se calmó y superó su miedo. ¿Era necesario hacerle sufrir?

Antes de tener hijos no me habría fijado en esta escena o, sinceramente, me habría molestado el llanto del pequeño que venía a perturbar mi paz (porque antes de tener hijos yo habría estado sentada en mi toalla leyendo un libro plácidamente). Ahora tengo que contenerme para no saltar… contra los padres-cuidadores-o-lo-que-fueran. También antes me entretenía ver Supernanny y me parecía una señora con unos métodos muy eficaces para hacer obedecer a los niños. Sabía del método Estivill para hacer dormir a los bebés y no me parecía especialmente mal. Yo quería ser madre, pero una parte importante de mí veía la maternidad como una esclavitud, una pérdida de libertad y una lucha permanente contra unos enanos insaciables.

Después me fui dando cuenta de que no tenía por qué ser así, pero ese era el concepto que tenía interiorizado. Yo y tanta, tantísima gente.

Los niños como pequeños tiranos, seres caprichosos y malvados a los que es necesario doblegar para que “sean buenos” y obedezcan a los adultos. Esos adultos a los que les encanta decir cosas como “No lo cojas que se acostumbra”, “Te está tomando el pelo”, “¿Tan mayor y todavía toma teta?”. Esos desconocidos que miran a tu hija y te preguntan”¿Es buena?”

El mensaje está claro: para que te quieras, tienes que obedecer. Y casi todos los días en el parque escucho un “Te voy a dar en el culo”.

Pero cuando me quedé embarazada descubrí para mi inmenso alivio que no tenía por qué ser así. Que existen otra manera de hacer las cosas, otras madres y padres que se sienten tan incómodos como yo con esa manera de criar y que han inventado otra. O la han rescatado, según se mire.

Lo llaman crianza con apego, respetuosa, consciente. Etiquetas un poco rimbombantes que no creo necesarias, pero me gusta la filosofía. Dormir con ellos, cogerlos en brazos porque necesitan nuestro calor, permitirles evolucionar a su manera, dejarlos ser, como lo que son. Pequeñas personas que están en este mundo para mucho más que obedecernos sin rechistar.