Verano del 86

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Verano del 86 es mi segunda novela, y se me ocurrió cuando pasé unos días de vacaciones en un pueblo muy masificado de la costa. Imaginé que sería un escenario terrible para dos adolescentes condenados a quedarse allí un mes entero con sus familias, con las que no se llevan bien, y aislados de sus amigos (¡son los años 80!). Así me inventé a Rafa, Cristina y sus peculiares parientes…

Verano del 86

 

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SINOPSIS

Rafa y Cristina tienen 15 años y están pasando el mes de agosto con sus familias en un pueblo de la costa. Él está castigado por haber suspendido seis. Ella, resignada a compartir apartamento con su madre y su tía. Estamos en 1986 y aún no existe Internet. Mientras el padre de Rafa y la madre de Cristina se entienden sospechosamente bien, ellos sueñan con un futuro perfecto en Londres mientras buscan la manera de sobrevivir a esas vacaciones solitarias e interminables. Y aunque a Cristina le gustaría compartir las noches de verano con Rafa, él solo piensa en Laura, la chica de sus sueños. ¿Lograrán llegar a septiembre sin desesperarse?

COMIENZA A LEER 

El coche de mi viejo no tiene aire acondicionado. Desde que era pequeño le he oído decir que ese es un lujo inútil. Sobre todo lo decía en invierno, las pocas veces que íbamos al pueblo por Navidad para visitar a la abuela. Pero después ella se vino a vivir con nosotros y en todos estos años nunca la he oído quejarse de nada.

Ahora está a mi lado, secándose las gotas de sudor con un pañuelo blanco bordado con las iniciales del abuelo. La primera vez que la vi sacarlo del bolso le pregunté por qué se sonaba los mocos con un trapo en vez de usar un clínex como todo el mundo, y ella se echó a reír y me dio unos besos gordos como ventosas. Pero hoy tiene la mirada perdida en el horizonte de su ventanilla y acaricia la cabeza de Linda, que gime mientras le suplica con sus ojos de huevo que haga algo para acabar con esta tortura.

Son las doce de la mañana y hace dos horas que hemos salido de Madrid. Todavía nos queda lo peor. Lo peor no es que nuestro destino, un apartamento en la costa, queda aún a cinco o seis horas de camino. Lo peor son los resoplidos de mi padre, que conduce con el codo fuera de la ventanilla, agarrando el volante como si quisiera arrancarlo. Yo me he puesto las gafas de sol y llevo el walkman a todo volumen, pero veo cómo lanza miradas asesinas por el retrovisor. Nunca sé si nos odia a nosotros, a los que vienen detrás o al mundo en general. Sobre todo se mete con la pobre Linda.

-Ramón, déjame que te ponga un poco de nivea, hombre, que te vas a achicharrar el brazo.

Esa es mi madre. Siempre viendo venir los padecimientos de su familia.

-¡Qué nivea ni qué carajo, mujer! Anda y déjame en paz, no ves que se me va a escapar el volante con los churretones que me están cayendo.

Todos nos concentramos en nuestras ventanillas y el coche se queda mudo. A los pocos segundos, Linda vuelve a lloriquear. Estamos metidos en un atasco en medio de un secarral.

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