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Por qué ser mamá es lo más importante de todo

Ser mamá es lo mejor que me ha pasado en la vida. 

Me quedé embarazada a los 41 y medio y di a luz a mi hija a los 42. Fue un embarazo natural. Es más, fue un embarazo al primer intento. Todo sucedió muy rápido. Conocía a mi pareja desde hacía solo 7 meses e incluso vivíamos en países distintos.

Muy poco antes, a los 40, vivía sola en Madrid, después de haberme ido a Londres… y haber vuelto. Me sentía desubicada y cansada de la vida solitaria e independiente que llevaba (y que varias amigas casadas envidiaban).

Pero yo sabía que encontraría a mi pareja en cualquier momento. Bueno, no lo sabía. Más bien lo deseaba y confiaba tanto en ello que me lo creí. 

Lo de ser madre no lo veía tan claro. Me apetecía, pero no era un deseo intenso…

Una vez leí que el alma del bebé se une al alma de su mamá un año antes de que esta se quede embarazada. Tal vez solo sea una metáfora, una bonita leyenda. Sin embargo, justo un año antes de saber que esperaba un bebé sentí, por primera vez en mi vida, un anhelo profundo de tener un hijo, de entregarme a ese tipo de amor incondicional que le da sentido a todo. Fue como si me alcanzara una flecha y me atravesara de arriba abajo. 

Después pasaron los meses y conocí al que sería mi pareja por Facebook. Sinceramente, por aquel entonces cada vez que conocía a alguien interesante fantaseaba con que fuera el futuro padre de mis hijos. 

El caso es que nos conocimos, nos enamoramos, empezamos una relación aunque vivíamos en distintos países y siete meses más tarde me quedé embarazada. Solo 15 días antes había donado un conjunto de pijama y gorrito de bebé que una vez, muchos años atrás, había comprado y envuelto como regalo porque, tal vez, quien sabe, algún día yo también…  

Mi embarazo fue plácido y sin complicaciones. Trabajaba en casa escribiendo para varias páginas web y pude descansar, preparar las cositas de mi niña y disfrutar de mi nueva vida en pareja. ¡Por fin iba a tener mi propia familia! Nunca tuve miedo ni pensé que algo podría salir mal. 

El día que mi hija nació comprendí lo que querían decir las otras madres cuando lo llamaban “el día más feliz de mi vida”. Fue amor a primera vista. Completo, absoluto, perfecto. 

Después llegaron las noches sin dormir, y unos años de inestabilidad laboral que nos llevaron de mudanza en mudanza, de una incertidumbre a otra peor. Yo estaba agotada, no dormía, engordé mucho… pero estaba enamorada de mi hija. Todo en ella me parecía mágico y milagroso. Cada primera vez me colmaba de felicidad. Verla gatear, verla andar, verla hablar, verla reír. Afortunadamente nunca tuve que llevarla a una guardería para irme a pasar el día a un trabajo odioso. 

Pero, alrededor de sus dos años, junto a ella empezó a crecer mi necesidad de “hacer algo”. Cuando nace un bebé, también nace una mamá, que descubre que es capaz de cualquier cosa (bueno, siempre y cuando pueda dormir). Tu bebé te necesita… pero tú también te necesitas y aprender a darle espacio a esas dos necesidades resulta desgarrador.

Porque no quieres perderte ni una respiración suya, y sin embargo te asfixias cuando tu mundo es tan pequeñito como tu hijo. 

Yo no sabía negarle nada a mi niña. Solo después de algunos años he ido aprendiendo a decirle “no” cuando no me apetece hacer algo. Y aún respiro con alivio cuando compruebo que ella me quiere igual.

Porque ahora sé que cuanto más hago lo que amo (escribir libros), más feliz me hace ser mamá.  

Pero no es fácil ser mamá cuando lo que te envuelve es un sistema que te deja sola, que te mete prisas, que te dice que tienes que hacer, hacer, hacer… pero nunca lo que tú realmente deseas hacer.  

Una vez vi un anuncio (o un vídeo-crítica…no sé exactamente lo que era) en el que una madre se presentaba a una entrevista de trabajo. Primero se disculpaba porque, en varios años de baja maternal, “no había hecho nada”.

Después, la cámara rebobinaba y la entrevista empezaba otra vez. Esta vez, la mamá le decía al entrevistador todo lo que había aprendido en esos dos años. No recuerdo sus palabras exactas, pero hablaba de lo que cualquier madre sabe hacer a la perfección: atender a varias cosas a la vez, ser un pozo de paciencia, tomar decisiones con rapidez, distinguir lo importante de lo accesorio en un segundo. 

Trato de acordarme de ese anuncio (o lo que fuera) cada vez que me asalta esa sensación de “no estar haciendo nada” porque mi hija aún es muy pequeña y no tengo tiempo de materializar todas mis ideas creativas. 

Y entonces pienso en un libro maravilloso de Naomi Stadlen que se llama Lo que hacen las madres y que pone palabras a todos esos sentimientos intensos, puntiagudos, locos, extraños, abrasadores, contradictorios, que se apoderan de ti cuando te conviertes en mamá.

Esto es lo que dice acerca de ese aparente “no hacer nada” de las madres: 

“Veo a una madre con aspecto agotado, pálida y ojerosa, que milagrosamente tiene energía para cantar y acunar a su bebé de un modo que este comienza a reconocer. Veo que se está relajando y que su cuerpo se funde en los brazos de su madre. Ya no llora. Todo su ser está atento a la música y al ritmo de la madre que le está consolando tan bien. Cuando por fin se duerme, toda la habitación se queda en paz. Algo trascendental parece haber cambiado. Ha habido una transición de la angustia a la armonía”.

Y nadie puede hacer  todo eso (que es lo más importante de todo) salvo tú, mamá. 

PD. Todas las ilustraciones de este post pertenecen al libro Mamá, de Hélène Delforgue y Quentin Gréban. Un maravilloso álbum ilustrado lleno de poesía, belleza y verdad sobre la maternidad. 

 

 

 

 

 

 

¿Qué es para ti lo más importante de ser mamá?

 

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